‘Pa’ morirte de miedo
Introducción
Somos Juan Morales y Alejandro Geppert, dramaturgos e historiadores en la Universidad Autónoma de Madrid. Nosotros somos profesores de Lengua y Literatura Castellana II. En nuestra clase, todos los años creamos una página web en la que animamos a nuestros alumnos y alumnas a desarrollar su lado más creativo y crítico. Cada vez que un alumno/a tiene una idea, puede introducir su historia en la página web para que todos y todas ustedes tengan pesadillas esta noche y que disfruten de emocionantes (y terroríficas) historias.
Continúe leyendo solo si es una persona valiente y tiene fuerzas para continuar. No nos hacemos responsables de los efectos secundarios que estas historias pueden crear en tu mente.
Agárrese a sus asientos, prepárese emocionalmente, ya comienzan las historias…
Para obtener una mejor experiencia terrorífica aconsejamos que se encuentre en un lugar oscuro y recite las historias. ¡Que disfrutes!
Para una inmersión aún mayor, ponga esta preciosa canción mientras disfruta de las historias.
La sonrisa de Cristina
La noche se tornaba sombría; la escasa iluminación de las calles era absorbida por la oscuridad, llenando todo de penumbras, que solo se acompañan por el sonido de la lluvia golpeando el asfalto. Las personas se habían guardado en sus casas, solo quedaron aquellos que caminaban por necesidad.
Entre ellos Romina, una chica de humilde procedencia, que no ajustó ese día para el transporte que la llevara de la universidad a su casa. Era algo común para ella, muchas veces había recorrido ese camino en las mismas condiciones, pero eso no evitaba que se le crisparan un poco los nervios.
A pesar de que el frío obligaba a todos a esconder su rostro bajo sombreros, bufandas o abrigos, causando cierta desconfianza al cruzarse unos con otros, Romina estaba consciente de que lucía igual de sospechosa que ellos, y se movía con cautela para no causarle un susto a alguien.
A pocas calles de su casa, sintió alivio, ya estaba en sus terrenos y eso le daba seguridad, sin embargo, al doblar la esquina, distinguió a una oscura silueta caminando por la misma acera y en dirección a ella. Conforme ambos avanzaban, le inquietaba un poco no poder distinguir sus ropas, ni el sonido de sus pisadas, era tan solo una sombra que hacia tintinear las luces por donde pasaba.
Con un poco de precaución Romina se fue a la otra acera, apurando el paso, volteando para todos lados, y la sombra no estaba más… no estaba más en la lejanía, se había posado frente a ella, sujetándola fuerte del cuello. Robándole la vida y arrastrándola a lo más profundo del sufrimiento eterno.
Al mismo tiempo, Cristina, su amiga de toda la vida, estaba sentada en medio de un pentagrama dibujado con sangre, le pedía al maligno que se llevara a Romina y la mantuviera cautiva en el infierno, pues sentía mucha envidia de ella, y no quería verla más en este mundo.
Los días pasaron, Romina seguía desaparecida ante la consternación de todos sus allegados, excepto de Cristina, que ocultaba su sonrisa, pues estaba contenta de que sus ruegos fueron escuchados.
El pozo de los deseos
Restaba menos de un mes para que se cumpliera el plazo de entrega de su manuscrito y él ni siquiera lo había empezado, pasaba por uno de esos famosos «bloqueos de escritor», tratando de evitar distracciones se enclaustró en una humilde cabaña en medio del bosque, donde pasaba horas divagando junto a un pequeño pozo al que hizo su amigo, esperando que este le concediera el deseo de escribir un libro entero en menos de una semana. Cuando el pozo respondió, lo hizo con una tímida voz de niña y propuso ayudarlo a cambio de diez gotas de sangre.
No había tiempo para desperdiciar una oportunidad así, el hombre aceptó el precio sin dudarlo, de inmediato hizo cortadas en sus dedos, para dejar caer la sangre que le pedía el pozo. Tras cada una de ellas, parecía que el túnel cobraba vida, las paredes se movían al ritmo de sus cálidas exhalaciones, dejando escapar suspiros de alivio y éxtasis.
También la tierra rugía, como si descansara debajo de ella una enorme bestia, tras la última gota, una deforme criatura envuelta en fuego emergió del pozo, y se fue sobre el escritor. Diez gotas de sangre solo le dieron fuerza para salir del hoyo, necesitaba el resto del hombre para alimentarse.
En ese momento el manuscrito dejó de importar, luchaba con uñas y dientes para defenderse de los ataques del debilitado demonio que había liberado de las profundidades, pero todo resultaba inútil, su cuerpo estaba también envuelto en llamas, la carne le chillaba mientras se retorcía en el suelo.
Los anteriores habitantes de la cabaña, conocían el mal que moraba en aquel agujero, pero necesitaban el agua, así que decidieron no sellarlo, simplemente tenían mucho cuidado al acercarse, no imaginaron que al marcharse de ahí, vendría un tipo loco que hablara con los pozos y les pidiera deseos.
La historia era bastante buena para un libro, lástima que el escritor terminara devorado y sus restos calcinados a la orilla del pozo, que solo cumplió el deseo de una buena cena para aquel monstruo.
No tengas prisa…
Se acercaba el cumpleaños del abuelo Emilio y sus familiares le estaban preparando una fiesta sorpresa, solo faltaban un par de detalles en los que se necesitaba la colaboración de la abuela, sin embargo no pudieron encontrarla cuando la llamaron, por eso dejaron un mensaje en la contestadora.
Horas más tarde, Juan vio que un taxi llegaba hasta la puerta de su casa, y de ahí bajaron los abuelos, sabiendo el tema a tratar, rápido el chiquillo fue por el viejecito para entretenerlo en su habitación mientras los demás hablaban sobre su fiesta.
El pobre ancianito lucia muy cansado y apesadumbrado, hacia esfuerzos para sonreír ante todas las gracias de Juanito, pero no pronunciaba ni una sola palabra. Pasado un rato el niño se dio cuenta del semblante tan triste que su abuelo tenia, hasta parecía que las lágrimas estaban atrapadas en sus ojos, quiso abrazarlo para consolarlo, sin embargo el hombre levantó su bastón, apuntándolo hacia el chico para que este no se acercara más.
Esa actitud era muy extraña, el abuelo jamás se había negado a un abrazo, por lo que el niño comenzó a interrogarlo, mucho era lo que hablaba, poca la respuesta que obtenía, el anciano seguía cabizbajo, casi llorando y entre sollozos lo único que pudio decir al respecto de tal rechazo fue: —No tengas prisa, ya lo sabrás—. En ese instante la madre del niño lo llama desde la planta baja.
El chiquillo atendió al llamado solo para recibir la triste noticia de que el abuelo había fallecido, algo que le fue difícil creer, ya que él estaba en su cuarto, solo pasaron unos segundos desde que lo vio por última vez.
Sin decir nada, subió rápido las escaleras… de su abuelo, solo pudo ver una traslucida silueta que tras un saludo de marinero, desapareció en uno de los muros de la casa.
Los visitantes
Al volver de mi viaje con el nuevo ganado, mi familia me dio la queja de ruidos en los campos a altas horas de la noche. Para mí era algo normal, no faltaba el grupo de chicos que encontrara divertido meterse entre las siembras para jugarse bromas entre ellos o en el peor de los casos a nosotros.
El comisario no solía hacer mucho al respecto, así que solo me quedaba montar guardia junto a mis hijos y ahuyentarlos aunque fuera a palos. Cuando el mayor vigilaba, vino adentro sin color en su rostro, ni siquiera podía hablar; sus manos temblorosas me hicieron saber que algo andaba mal, él era incluso más valiente que yo, no entendía que podía asustarlo tanto.
Con escopeta en mano, me dispuse a salir de la casa, pero las manos de mi hijo tomándome fuerte del brazo me impidieron hacerlo, otra vez no dijo nada, pero la mirada en sus ojos me advirtió que no fuera. En su lugar, nos asomamos por la ventana, él me indicó con sus dedos hacia donde mirar.
En un principio solo eran las ramas moviéndose, pero en cuanto «eso» se incorporó, hasta la respiración olvidé; estábamos viendo un ser grisáceo y flaco que fácilmente alcanzaba los tres metros, parecía que buscaba algo, y en cada paso venia más cerca de la casa.
Yo solo volteaba a ver al resto de mi familia, no sabía qué hacer, ¿Cómo saber?, ni siquiera entendía lo que estábamos viendo, mucho menos lo que vendría después. Con cada uno de mis confusos pensamientos, únicamente le daba tiempo de acercarse, hasta llegar al portal de la casa.
La mirada de mi hijo se clavaba en la mía buscando una respuesta; yo no pude hacer otra cosa que levantar la escopeta y apuntarle, pero en ese momento, la criatura emitió un chillido intenso con el cual nos sangraron los oídos y perdimos por un momento la razón.
Al volver a estar conscientes, solo lo vi alejarse en medio del campo, junto a otros tres más como él, hasta perderse en una cegadora luz allá a lo lejos. Mi primera reacción fue tomar a mi familia para salir de ahí, pero las ramas del campo seguían moviéndose, no supe cuántos más de esos había, o cuales eran sus intenciones. Así que tuve que arriesgarme hasta el amanecer.
Teníamos tanto miedo de contar lo sucedido, pero esa noche no solamente visitaron nuestra granja, si no la de decenas de personas más a las que conocíamos y esa era la plática del día. Se dieron miles de teorías y soluciones, los muchos regresaron a sus granjas, pero yo no podía arriesgar así a mi familia.
Hoy vivimos en la ciudad y hace poco tiempo supimos que tras desaparecer el ganado de forma misteriosa, después empezaron a desaparecer personas. Afortunadamente salimos de ahí a tiempo, aunque todavía no puedo cerrar los ojos sin ver aquel horrible rostro.
Un, dos, tres…

El pequeño Tomas, odiaba que lo dejaran al cuidado de la vecina, una viejecilla de extrañas manías, muchas de las cuales la gente relacionaba con brujería, aun así, los padres del niño no se dejaban llevar por tonterías y confiaban mucho en ella, tanto como para encomendarle su pequeño hijo.
Para él, era la más horrible de las pesadillas, no podía pegar un ojo debido a la serie de inexplicables ruidos que siempre se escuchaban en su pequeño departamento, y sobre todo por una terrible canción que ella repetía una y otra vez para acompañar sus pasos.
—Un, dos, tres; me oyes pero no me ves…
—Cuatro, cinco, seis; no me encontrareis…
—Siete, ocho, nueve; estoy más cerca de lo que crees…
El niño entonces se sentía acechado, buscaba alrededor, vigilaba cada rincón, quería esconderse, pero le era prácticamente imposible, pues es bien sabido por todos, que debajo de la cama o el armario están los monstruos y esos eran los mejores escondites. Ni en su casa se sentía seguro, pues la anciana tarareaba todo el día la misma tonada, y Tomas los escuchaba porque ambas casas tenían una pared en común.
Con el paso del tiempo, el chico fue creciendo, y el miedo se hizo menos, hasta que una noche, mientras caminaba del trabajo a la casa, un chiflido se hizo eco en la oscura calle que transitaba… la tonada le parecía familiar, pero no podía recordar con exactitud. Hasta que los chiflidos se volvieron palabras:
—Un, dos, tres; me oyes pero no me ves…
La sangre del cuerpo del joven, bajó del golpe hasta sus pies, causando tal pesadez que le era imposible moverlos, estaba clavado en el piso, escuchando como un par de pasos se acercaban a su espalda.
—Cuatro, cinco, seis; no me encontrareis…
El mismo terror que lo paralizaba, le dio entonces impulso para salir corriendo, casi volando, hasta llegar a su casa. Ahí, un ataque de risa le invadió, se sentía un poco tonto al huir de los recuerdos de su niñez. Así que, después de tomar aire, siguió con su rutina, escuchando primero los mensajes de su contestadora.
El único era de parte de su madre, pidiendo que asistiera al funeral de la viejecilla. En ese momento, no pudo detener los escalofríos que subían electrizando a la vez todo su cuerpo, y erizándole los pelos al escuchar nuevamente:
—Siete, ocho, nueve; estoy más cerca de lo que crees…
Debajo de los puentes
El sol se escondía lentamente tras los altos edificios, dejando que las frías sombras ennegrecieran el paisaje. La gente volvía con prisa a sus hogares, antes de que la niebla les impidiera ver un paso enfrente de ellos. Suerte para aquellos que tenían auto o alcanzaban el transporte, mientras que otros tantos se dedicaban a caminar largas distancias entre calles, caminos y puentes.
La helada noche era apresada por el silencio, creando un tétrico panorama para los transeúntes, pero no había otra opción, más que seguir caminando. Así lo hacían Luis y Roberto, un par de amigos que vivían en el mismo barrio y se encontraban al salir de sus respectivos trabajos para no realizar aquel viaje solos.
Por seguridad, tomaban diversas rutas según la situación lo ameritaba, en esa ocasión decidieron ir por debajo de los puentes, que parecía el mejor iluminado, al menos por los cientos de coches que transitaban sobre ellos. En medio de su plática, ambos detuvieron el paso al escuchar a sus espaldas el ruido de un bulto contra el suelo, voltearon de inmediato y vieron una bolsa negra moviéndose, esperaban encontrar dentro algunos gatos o perros que alguna gente inconsciente acostumbra tirar por ahí. Pero la realidad era otra.
Al abrir la bolsa, eran solamente partes humanas cercenadas, uno de ellos cayó de rodillas volviendo el estómago, mientras el otro saltaba y corría alrededor lleno de pánico el cual solamente creció al ver que todos aquellos miembros se movían, tal y como si tuvieran vida propia, se dirigían hacia ellos, con una agilidad tremenda. Los brazos eran arrastrados por los dedos, dejando detrás solo un rastro de sangre, las piernas tomaban impulso y saltaban, mientras el torso rodaba exponiendo sus entrañas.
El chico que estaba de pie tenía toda la intensión de salir corriendo, pero no quería dejar a tras a su amigo que seguía tirado en el suelo casi muerto de miedo. La situación llego al tope cuando la cabeza salió del fondo gritando y chillando de una forma que jamás los chicos habían escuchado, tanto dolor, tristeza, miedo, frustración y venganza saliendo de aquella boca putrefacta y hecha pedazos.
No se necesitaba más para activar el instinto de supervivencia de cualquier de los dos muchachos que salieron disparados sin detenerse hasta llegar a su casa.
No querían contar lo sucedido por lo inverosímil que resultaba, pero finalmente decidieron reportar anónimamente a la policía que había un cuerpo metido en una bolsa debajo de los puentes. Al siguiente día en las noticias, se mencionó el hecho, pero solamente como una broma de mal gusto, que les hizo recordar cuando tres años atrás una chica fue encontrada en esas mismas condiciones.
Continuará…
Esto es todo, por ahora. Si has llegado hasta este punto y has leído todas las historias sin asustarte, sin sobresaltos, puedes ayudarnos y crear alguna para nosotros, para esta página, ya que seguro que si creas una, será mucho más terrorífica.
Cada semana publicaremos una historia de miedo más, seleccionando entre las mejores. Esto es sólo el principio…
Ah, por último, no tengas miedo esta noche, esperamos que puedas dormir perfectamente.
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